El castaño es un árbol de una gran longevidad. Se han citado ejemplares de hasta milenios como el «Castaño viejo» de San Román de Sanabria o el famoso «Cento cavalli» de Sicilia al que se le calculan más de 2500 años. Este último, vivió en la ladera del Etna hasta el siglo pasado y tenía más de 50 metros de circunferencia.
Según cuenta la tradición, sirvió de refugio bajo su copa a la reina Juana de Aragón quien se refolgó con cien jinetes.
Hoy en día encontramos magníficos ejemplares como el de castaño de San Román de Sanabria, de 4 m de diámetro, los de la zona de Hermisende y Alto de la Alcobilla, y los centenarios de Aliste, todos ellos en la provincia de Zamora.
En Galicia se puede visitar el Castillo de Soutomaior en Pontevedra, donde vegetan castaños milenarios o el también milenario castaño de Entrambosrios en la Ribeira Sacra, enclavado en una ruta salpicada de otros castaños centenarios y molinos tradicionales de hace más de 700 años.
En la época romana los castañares en España ocuparon unas 150.000 hectáreas.
Dice Dioscórides que «la hoja y la corteza son astringentes y destaca como substancias activas a taninos, pectinas y flavonoides».
De la cáscara de su fruto, la castaña y de las hojas se prepara un champú natural que tiñe el cabello en tonos rubios. Las flores son muy buscadas por las abejas y antiguamente se empleaban para aromatizar el tabaco en pipa. Es un árbol de una enorme vitalidad, de ramas gruesas y porte majestuoso.
Tradicionalmente la madera de castaño se considera de gran calidad. Es muy flexible, de grano fino y fácil de trabajar, lo que permite elegirla como material de artesanía local.
Tiene una enorme aplicación para tonelería ya que es muy poco porosa. La actividad ultramarina significó la expansión del castaño en detrimento del roble ya que la mayoría de los contenedores para semillas, granos y salazones debían ser construidos con duelas y aros de castaño por su capacidad para soportar el efecto oxidante de la salinidad durante los transportes por mar.